martes, 1 de junio de 2010

Sandalias

Eran libres. En Caracas mis pies eran libres. Cierto que los embutía en botas de vez en cuando y que muchas veces más que las que menos se arropaban en mis converse. Pero siempre tenían la posibilidad de ser libres. Nada de inviernos helados, ni de aceras resbaladizas por la nieve cuajada. Nada de decisiones de calzado influidas por un clima de cuatro estaciones. Cada mañana podían esperar ser libres. Acomodarse sin límites en mis sandalias o mis havaianas y ser felices. Claro, esto significó también muchos fiascos de charcos de dudosa (y mejor desconocida) procedencia en el Centro y el desarrollo de una resistencia tenaz al ataque extremo de los elementos. Pero no les importaba. Eran libres. Y con la llegada de la primavera volvieron a serlo. Se desperezaron, guardaron sus indumentarias de cuero del invierno y sus varios pares de medias y se desnudaron. Dispuestos a no taparse más, salvo con alguna tira de cuero o de goma poco invasivas.

Hoy es un día de playa en Madrid, una ciudad sin playa. La brisa que entra por la ventana, la misma que sentía al caminar a mi casa de regreso de una terraza, es la misma de las noches frente al mar y la piscina en Morrocoy. Ni fría ni tibia, perfecta. Bien recibida, no invasiva. Una brisa que acompaña y ameniza conversas que se extienden no sólo por el gusto de conversar, sino por el gusto de conversar siendo rozada por ella. Y es en este día – que no es el primero y, claro, no será el último por un tiempo –, en este día en que mis pies son libres, que me transporto a los viajes a la playa, a mi ciudad, a mi gente, al ipod y las cornetas, al señor Antonio, a las incursiones nocturnas en el agua tibia y las conversas hasta incalculables horas de la mañana, a los records de horas sin dormir. A momentos felices.

Nunca se piensa en lo cercano que es el clima, en la asociación directa que hace tu cabeza entre la temperatura y luz de los días y tus propios días. Y existe. Me siento más cerca estando igual de lejos con esta brisa, este sol y estos 30 grados. Estoy, sin estarlo, allí. Con un vaso de ron, una canción cantada a voz en cuello, un vestirse con cualquier ropa sólo porque te sientes feliz y te da lo mismo, un no pensar en el mañana, una despreocupación absoluta, una felicidad conocida.

Y allí, estando sin estarlo, mis pies están descubiertos, a merced del sol, de regreso a su verdadero espacio, ese que no se atiene a límites de calzados represivos, ese que reniega del recato, ese que los deja sentir, milagrosamente, una brisa playera familiar que ronda, a un océano de distancia, una Madrid sin playa.

sábado, 29 de mayo de 2010

Inspiración veraniega

¿A dónde se va la inspiración cada cierto tiempo? ¿Se toma vacaciones cuando se agota al poco de trabajar intensamente? ¿Se tira bajo el sol en una playa mientras uno rebusca frente a la pantalla intentando encontrarla, mirando con desesperación el sol que no podrá tomar? Es como si, sádica y malcriada, apareciera cuando nadie la quiere y se tomara descansos en momentos en que es la única que puede salvar las cosas. Como si un médico sólo estuviese de guardia los días en que hay un solo paciente en la emergencia con un caso leve de asma, y se tomara días libres cuando hay un tiroteo y llegan 12 personas al borde de la muerte. O como si, para no caer en exageraciones como la anterior, el metro funcionara siempre puntual los días en que no tienes que llegar a ninguna parte, pero cuando tienes una cita urgente hubiese una avería y los técnicos estuviesen todos de baja. (Bueno, lo anterior también fue una exageración, pero la hipérbole es parte de mi ser, cómo me he dado cuenta últimamente).

La inspiración no es un fluir continuo, pero, a diferencia de la felicidad (que se dice que aburriría si siempre estuviese allí), no creo que a nadie le molestaría que la inspiración fuese un poco más constante. Tampoco es cuestión de exigirle que no se tome vacaciones, pero podría consultar antes de dejarte abandonado en momentos de emergencia.

No soy de quedarme paralizada frente a una página en blanco. Como últimamente en la vida, no me paralizo, me lanzo. El tema es que igual que últimamente en la vida el lanzarse no significa hacerlo bien, sólo significa superar el miedo. Pero esa hazaña no garantiza que las cosas vayan por buen camino, sólo garantiza que nunca te arrepentirás de no haber pisado ese camino.

El tema con la desaparición de la inspiración es que el suelo en que se apoyan los pies de la mediana seguridad que tienes sobre tu capacidad se tambalea. Y te quedas en un limbo en que no sabes nada. En que tu criterio se esfuma completamente y eres incapaz de discernir.

Ya sé que hace buen tiempo y que abrieron las piscinas, pero no me molestaría que mi inspiración dejara por un momento las ondas relucientes del agua, se levantara de su toalla y me visitara un rato. Mientras tanto sigo sentada, tecleando frente al ordenador, viendo el brillo cálido que está fuera de mi ventana y envidiando en silencio a mi inspiración y a todos los que, felizmente, están tumbados al sol disfrutando de un libro.

jueves, 22 de abril de 2010

Spring is in the air

Hay algo indescriptible en el aire de la primavera. En su nacer y crecer. Lo que te rodea está vivo.

Comienza con unas pocas hojas verdes en algún árbol. Tímidas, solas antes el frío del final del invierno. Con algún pajarito que comienza a cantar más de la cuenta. Un capullo que aparece en ramas hacía nada desnudas. Al principio es leve, casi imperceptible. Pero tus ojos registran algún cambio, aúpan a las hojas solitarias en su lucha contra la inclemencia del viento, sonríen al oír el trinar algo más alegre y esperan con expectación el nacimiento que corregirá la aridez de las ramas de los árboles. Y de repente, sin que puedas decir cuándo pasó, el invierno se ha ido. Y en su lugar la naturaleza resplandece en su momento más alegre. Ya los colores reinantes no son el blanco o el gris. La gama es infinita. Y los detalles, inexistentes en la amplitud del vacío del bajo cero, se reproducen, únicos, en todo lo que ves.

No hay forma de entender - sin verla- la exaltación que tiñe todo en primavera. Mi naturaleza caraqueña, tropical, siempre fue verde, siempre fértil, siempre encontrando resquicios entre el concreto por los que salir a la luz. Nunca la vi dormir. Y ahora, ahora y aquí que vi a la naturaleza desaparecer en ramas oscuras y colores opacos, aprecio sin contenerme su ímpetu de comienzo, sus ganas de buscar el sol, su capacidad de recordar que está repleta, completa e inexorablemente viva.

La primavera tiene mucho de musical de los años 30, mucho de hippie que habla con la naturaleza, mucho de escena de Bambi en el bosque, mucho de tópico asociado con la felicidad más simple. Pero cuando la ves, cuando caminas a través de un Retiro invadido, en todos sus rincones, por flores de todos colores y formas, por una frondosidad de verde voluptuoso, por un sol cálido y un cielo azul; cuando sales de tu casa y en tu calle sonríes con ternura frente a las miles de semillas que vuelan por las aceras en busca de un lugar donde crecer; cuando te encuentras con gente más sonriente y cercana por la calle; cuando disfrutas ver las terrazas en las aceras y repletas de gente tomando cañas al sol, en ese momento, sabes que sí, que no es tópico, que la primavera contiene felicidad, que su esencia de nacimiento, de novedad, de plenitud no sólo cubre las ramas de los árboles y las cuerdas vocales de los pajaritos. Está en el aire que respiras, está a tu alrededor, y, sin que lo notes, también e irremediablemente está contigo.

sábado, 3 de abril de 2010

Ficción (no) cotidiana

Las películas me han hecho daño. O no. Reescribamos esa oración. No es que me hayan hecho daño, pero se han convertido en referentes de vida. Y no en esos referentes a los que recurres de vez en cuando. Me he dado cuenta de que por mucho tiempo fueron mis únicos referentes. Me explico. Por mucho tiempo mi vida se trató de lo que sabía de historias que me habían contado más que de lo que vivía y experimentaba en la mía. Viví a través de las películas, a través de los libros. Por mucho tiempo tuve mucho miedo y me refugié en mis conocimientos secundarios de las cosas a través de lo que me relataba la ficción. Mi vida fue, por un largo período, narración más que acción.

Me doy cuenta ahora de que con el paso del tiempo perfeccioné la capacidad de hablar con mis amigos de los problemas reales que me contaban con ejemplos de la ficción o de historias de otros amigos que me habían sido relatadas. Nunca nada mío. Y no porque sea reservada, sino porque no tenía nada mío que contar en temas de la vida. Y ahora, ahora que vivo en acción, no me encuentro. El terreno es desconocido. No hay comienzo, desenlace y final. Hay segmentos aislados, hay presentes sin guión en los que me tengo que desenvolver sin un papel en el que se desarrolle la escena. Es improvisación. Nada de ficción con guión o con literatura.

Y en estos segmentos de presente en que se representa la acción yo me muevo como puedo, pero luego, cuando llega la hora de darle coherencia dramática o narrativa a lo que ha pasado no hay herramientas. Porque ya no dependo de lo que me imagino, de lo que represento en mi mente, sino de lo hecho y dicho, o no hecho y no dicho, y sus consecuencias. Sin toda la información de la historia no puedo sacar conclusiones, no puedo darme respuestas.

Creo que por primera vez me doy cuenta de que siempre quise estructurar narrativamente mi existencia, llevar hasta el límite esa sensación colectiva de ser el protagonista de tu propia película. Un guión, unas pautas de rodaje y acción. La vida parece más manejable en tres actos. La cosa es que ahora, también por primera vez me doy cuenta, de que me salgo de lo que mi cabeza me dice que está escrito. Ruedo por los bordes de la página, fuera del papel, e improviso. Bien o mal. No lo sé. Supongo que cómo me siento se sentirá quien se sube por primera vez a un escenario a improvisar. Conciencia marcada de tu cuerpo y tus gestos, sudor en las manos, una boca seca y pastosa, dudas sobre por qué estás ahí y si deberías estarlo. Pero luego, tras plantar bien los pies en el escenario, tartamudear un poco y recordar que estas ahí porque quieres, comienzas. Y en ese momento ya no importa que lo hagas bien, sólo importa que fuiste capaz de hacerlo.

martes, 23 de marzo de 2010

EN CONSTRUCCIÓN

Hay algo que nadie te dice de estar en construcción. Sí, lo sé, se está en construcción toda la vida, pero darse cuenta por primera vez y con certeza de que la verdad es que al mismo tiempo eres una suma de cosas que son tú y una suma de cosas desconocidas que pueden ser tú es confuso. A veces te sume en la melancolía, a veces te dibuja posibilidades infinitas. Pero lo cierto es que pararse, no en una encrucijada de dos caminos sino en un distribuidor de autopista de la vida, no tiene manual. Nadie te prepara para el escenario en que todo esté abierto. Te preparan para planear, para organizar… no para enfrentarte al vacío de lo posible.

No me quejo. No es que prefiera tener una vida dibujada con lápiz imborrable, pero confieso que esta sensación de oportunidad es angustiante. Y como buena angustia tiene regusto amargo y dulce. Y sí, dije que sentía que flotaba. Pero no floto. Estoy aquí, donde estoy en mi vida, porque me decidí a estarlo. Y eso me enorgullece. Tomé decisiones. Pero al mismo tiempo me paraliza. No es una parálisis de las viejas. De esas que me sumían en el estancamiento. Tengo ganas de tomar acción, de dirigirme a alguna parte. No sé si terminaré como monumento o edificio vanguardista. Pero no pretendo quedarme en obras eternas.

En las obras que construyen a Nerea, las de ahora, las que realmente me están construyendo en gerundio, hay cimientos que no sé si quiero. Formas de ser que estaban antes, de las que me agarro porque no conozco otras, pero que nunca me hicieron feliz. Formas de manejar las cosas que sólo me hacen cuestionar al ingeniero que ideó inicialmente esos cimientos. ¿En qué coño pensaba? No necesitamos más sus servicios señor ingeniero, cambiamos el rumbo del proyecto, estamos ideando nuevas líneas de construcción.

Pero el ingeniero es persistente. Los cimientos son profundos. Son cómodos. Ya estaban ahí. Y sin embargo los obreros intentan desmontarlos, derruirlos. A veces con más empeño, a veces con menos. Y las bases han cedido. Ceden cada vez más. Pero son profundas. Se aprovechan de que los planos no están claros para erguirse como la única opción posible. ¿Si no se sabe por dónde empezar, por qué no empezar por lo que ya está construido? Eso propone el anterior ingeniero. El de la Nerea que no se sabía en construcción. Pero el nuevo grupo de arquitectos le recuerda que las opciones de diseño son infinitas. Y que, aunque no fue despedido, ahora tiene que plantearse la reinvención. El ingeniero no está orgulloso de sus cimientos, pero sabe que son fuertes. Los defiende. Y la batalla continua. Pero, para mi tranquilidad, los nuevos arquitectos ganan cada vez más terreno y los obreros hunden más, con cada golpe, sus picos en los viejos cimientos.

jueves, 18 de marzo de 2010

Flotando

En algún momento de los últimos semestres de la universidad pude definir en una imagen cómo me sentía respecto a mi vida. Flotaba. Flotaba a la deriva sin que estuviese en mi control la dirección que tomaba. Mis ojos estaban cerrados. Y si los abría sólo veía el inmodificable cielo azul en todas direcciones. Mis oídos estaban bajo el agua, no sordos, pero sí alejados del sonido de fuera. Atentos, pero a la vez desinteresados. Ahora esa imagen regresa. No con la connotación depresiva que tuvo en su momento, pero sí con cierto tinte de melancolía. Esa imagen es ahora hermana de las sensaciones que tengo cuando camino por Madrid. No la siento mi ciudad ni me siento una turista. No pertenezco ni dejo de pertenecer, sólo floto.

Esta no es una nueva sensación para mi. Sin entender muy bien por qué siempre me he entregado a una especie de quiebre de mi misma cuando las emociones son fuertes. Supongo, como siempre he supuesto, que tiene que ver con salvaguardarme. Así que ante cualquier posible emoción intensa me deslindo. Y aunque esté ahí, hable, sienta y viva el momento lo cierto es que lo veo como espectadora. Lo oigo desde bajo el agua. No asimilo las cosas, sólo me dejo guiar por la corriente. Y aunque el paso de los años es tangible, la verdad es que el correr de los días, cuando tiene que ver con familiaridad y querencia, se me hace más lento. Cada día está separado del otro. No conforman una progresión, son islas individuales de tiempo.

Tengo momentos epifánicos en que sólo ver algún árbol de El Retiro o una callecita de la ciudad me envuelve en una plena sensación de pertenencia, de posesión, de historia común. Al mismo tiempo camino por las calles o vivo en mi apartamento con la sensación de que hay una fecha de expiración. Y que antes de llegar a ella lo único que puedo hacer es seguir flotando, tratando de sacar la cabeza y pedalear un poco para, tal vez, acercarme a donde realmente quiero ir. El problema es que ese sitio aún no está marcado en mi mapa.

domingo, 28 de febrero de 2010

Al lado del tocadiscos

Una vez viajé en el tiempo. No fue una de esas experiencias de segundos en que un olor te transporta o una foto te recuerda un momento. Esta vez estuve allí. Volví a mi pasado. Y estuve con cámara subjetiva, viéndolo todo desde mi pequeña altura de ese momento.

Estaba en casa de un amigo. Oíamos a Charly García. No lo había oído en más de 15 años, pero en ese momento no lo sabía. Era música de fondo. Música que ambientaba nuestra conversa - creo que sobre el país - aderezada por ron y cigarrillos. Hasta que sonó esa canción. Con el primer acorde yo ya no estaba allí. Cerré los ojos sin darme cuenta. Estaba en mi apartamento de Chacaíto. El del edificio Apamate. Piso 12, N° 125.

Lo recorría de nuevo. Estaba al lado del tocadiscos, donde otras veces había sonado esa canción, donde otras veces había bailado canciones de Las Flans, al pie del que había jugado con mis muñecas. Estaba la mesa, en la que nunca comimos y que nunca supe muy bien para qué estaba allí. Estaban los cuadros, ese de fondo azul y especie de rayas blancas y de colores que siempre me gustó tanto. El de Botero del dictador. Estaba la biblioteca llena de libros. El poster de Amnistía Internacional detrás de la puerta de entrada. La pecera. La sala con el baúl como mesa de centro. El balcón que daba a ese parque tan maravilloso en el que imaginé tantas aventuras. Estaba el olor que no sé describir: a polvo, a libros, a casa.

El viaje duró lo que duró la canción. Mi amigo no se dio cuenta. Siguió hablando, pero yo no lo oía. Cuando regresé tenía una extraña sensación de desconcierto. La canción era Inconsciente colectivo, qué adecuado. Recordé que ese disco de Charly había sido parte de la banda sonora de mi infancia. Que lo había cantado a voz en cuello con mi mamá en ese apartamento, sin entender muy bien el significado de las letras.

Acabo de ver Summer Hours de Olivier Assayas. Es una película sobre el cambio, sobre el pasado y el cambio. Mientras la veía pensé que siempre se habla de que no deberíamos apegarnos a los objetos, a las cosas, que la vida no es eso. Pero en el fondo sí lo es. Lo que poseemos no importa por el sentido de posesión, sino porque está lleno de recuerdos. Cada pasillo de una casa, cada cajita en una mesa, cada pieza de ropa. Todo está asociado a momentos de nuestras vidas. Nos ofrece un pasaje al pasado.

No creo en aferrarse a lo que ya no está, pero sí creo en resguardarlo, en revisitarlo en ocasiones nostálgicas para recordarnos quiénes fuimos y quiénes somos. El hombre se ha obsesionado siempre con encontrar la manera de volver atrás. Lo que no comprendemos es que viajar al pasado es posible. No cuándo queremos o a dónde queremos. El viaje se presenta sin avisar, sin check in o puerta de embarque. Y, tal vez, por eso nos deja aturdidos. Pero como todo buen viaje, a pesar de regresar cansados y felices de estar en casa, te deja un sentimiento cálido, una certeza de haber vivido algo importante, algo que será importante siempre, aunque haya durado poco.