viernes, 7 de febrero de 2025

Se me olvidaba el mar

Se me olvidaba el mar y toda su paz. Se me olvidaba el mar y ese azul lleno de motas brillantes que titilan bajo el sol, sin parar nunca. Se me olvidaba el mar y su sonido que acuna y medita sin que te des cuenta. Se me olvidaba el mar y su brisa, salada y fresca. Se me olvida el mar y mi pelo, asalvajado y libre. Se me olvidaba el mar y los pies descalzos en la arena y entrar al agua encogiendo la barriga. Se me olvidaba el mar y los ojos ardiendo y un sabor salado en la boca y esa cerveza helada que lo elimina. Se me olvidaba el mar y ese libro nuevo ya hecho polvo, húmedo y maltrecho... Cargado de arena. Se me olvidaba acostarme a dormir y no abrir ojo hasta la mañana, tras un sueño pacífico cargado del cansancio sabroso de meterse en el océano.

jueves, 29 de agosto de 2024

El drago

 Íbamos a comer. Siempre lo mismo, siempre los tres. Siempre como si fuese una celebración elegante, como algo fuera de nuestras vidas mundanas. Entrábamos y todo parecía de otro tiempo. Podía estar un poco deteriorado, pero seguía siendo sofisticado. Un hombre en la puerta con traje y pajarita que te acompañada a la mesa. Ventanas con marcos de madera desde los que ver de lejos esa piscina que visitamos solo ayer, bajo el sol y tomando cerveza. Un bar con detalles dorados y un separador de madera. Manteles blancos impolutos y sillas pesadas que alguien amablemente movía para que pudieras sentarte. Era un sitio de días especiales. Con alfombra y camareros de traje y servilleta de tela encima del brazo. Un sitio con varios cubiertos y un hilo musical leve y atemporal. Era un sitio sacado de algo como Mad Men. Atrapado en el tiempo e intentando aguantar ante un mundo que se seguía moviendo. Siempre pedíamos lo mismo, los tres. Siempre pan con ajo y mantequilla, siempre beef strogonoff con puré de patatas para mí, siempre mariscada con patatas fritas para mi mamá, siempre mero a la meunier para Chicho. Siempre una cheesecake de postre para los tres. Siempre arreglados, siempre sintiéndonos fuera de lugar y a la vez tan en el lugar que debíamos estar. Hoy lo recordé. Todas esas visitas. Todos esos días especiales en que éramos y celebrábamos solo los tres. La conversación, el frío del aire acondicionado, cómo sabía ese puré a mantequilla y felicidad. Me acordé de la puerta con ese Drago. De entrar al club y ver los trofeos y las fotos retro de las antiguas reinas de belleza del Centro Social Canario Venezolano. Me acordé de mirar siempre al entrar la lista de miembros y que la acción de mi abuelo era la 001. Fueron buenos momentos. Puede que rodeados de otros no tan buenos... pero lo fueron. Por lo menos lo eran cuando estábamos solo los tres, con nuestros manteles blancos, nuestra comida de siempre y una conversación incansable. 

A veces solo tienes eso: el recuerdo de algo bonito, de momentos especiales que se crearon en colectivo y que no lo parecían tanto en su momento, para luego ser fuego de la nostalgia después. 

miércoles, 1 de julio de 2020

Take a sad song and make it better

Jude. Así se llamaba mi Ipod, el que me acompañó todos los días en mi camino de ida y vuelta al periódico en una Caracas cada vez más insoportable y el que le dio la banda sonora a unas vacaciones en 2007 que cambiaron mi vida. Jude tenía ese nombre por los Beatles (cómo no), por esa canción famosa que amo (y con la que pensé que moriría asesinada junto a Andreina hace décadas en El Junquito...contexto: casa aislada, pasillos oscuros, perro llorando y Hey Jude a todo volumen, el momento ideal en que aparece un asesino con un hacha). Y detrás tenía grabada una frase de letra, una solicitud: Take a sad song and make it better.
Youtube hizo de Jude algo arcaico... y luego Spotify lo enterró. Pero siempre que oigo música de esos tiempos, música que olvidé que existía y escuchaba solo por estar descargada en Jude, música que fue tan importante en un tiempo... vuelvo a esos momentos. Spotify no puede presumir de lo mismo. Al igual que con las fotos, como comentaba hace poco con un amigo, el acceso al todo hace que las partes, que los detalles, dejen de ser trascendentes, dejen de brillar y tener vida propia. Hoy las canciones se olvidan entre la multitud de posibilidades y una imagen puede ser tan intrascendente que solo vale para subirla temporalmente a una red social.
En los tiempos de Jude visité amigas en Europa en 2007. Por primera vez pisaría otros países que no fuesen España, por primera vez viajaba como adulta, por primera vez entendía que tal vez mi depresión, mi ansiedad y mi ira no eran mi personalidad sino estados de los que se podía salir. Por primera vez entendía que sí, que tenía que irme de Venezuela si quería ser esta persona capaz de disfrutar la vida que ya no reconocía.
Durante ese mes de viaje, ese tiempo sola, esas caminatas y esas cervezas en terrazas con una libreta en que escribía intentando entenderme e intentando guardar memorias de esos instantes, la música de Jude me acompañó siempre... como también lo hacía en mis odiseas llenas de amargura en Caracas. Pero en este viaje Jude cumplió su cometido: me acompañó en un momento en que estaba mal y supe que podía estar mejor.
Últimamente, y como he concluido más o menos en terapia, paso por otra crisis similar. Jude ya no está conmigo, pero sí la necesidad de que convierta las canciones tristes en que a veces vivimos en algo mejor. Y es por eso que busco a Jude en los espacios pasajeros de Spotify y Youtube. Porque hay cosas que son hogares a los que regreso. Series, comidas, canciones... son espacios en que puedo volver a tiempos esperanzados, lejanos... las canciones de Jude, esas que ya no tengo a mano, y que a veces me encuentro de casualidad (y despiertan mis lagrimales de inmediato), son esos lugares. Son un viaje en el tiempo a un momento en que tomé decisiones importantes, un momento en que sentí la inmensa posibilidad de lo desconocido y la promesa de todas las cosas que aún podía hacer.
Ya no estoy en mis veintes, las circunstancias han ido mellando mis ganas, mis creencias en posibilidades y mis ilusiones con respecto al mundo... pero no por ello he vuelto a ser esa persona deprimida, ansiosa e iracunda que fui. Soy otra, aunque a veces me deprima, sienta ansiedad o me consuma la ira. Soy otra porque no solo Jude podía "Take a sad song and make it better". La vida, los años y la gente que te rodea también lo hacen: hacen de tus momentos tristes, momentos en que sabes que puedes estar mejor. 

miércoles, 1 de abril de 2020

Añorar al otro

Nunca he sido alguien que deteste estar en casa. No es casual que en cuanto me mudo a un nuevo piso hago nido de inmediato, aunque tenga que morir durante horas vaciando cajas, colocando libros y colgando cuadros. En cada mudanza el salón de mi casa, el lugar en que se está y se vive más, ha estado habitado y habitable desde las primeras horas (a costa de diversos dolores de espalda). Con esto quiero decir que estar metida en casa no es algo que me haga sentir inquieta o atrapada. Mis planes de fin de semana necesitan, siempre, uno de los dos días dedicado a cocinar algo de larga duración mientras tomo vino. Hacer siestas en el sofá con el perro hecho bola tras mis piernas es una sensación de paz como pocas. Y pensar en nuevos adornos o plantas para hacer más acogedor el espacio es un estado permanente. Pero llegó el aislamiento. Esa extraña forma de existir antisocialmente para una especie que es de todo menos antisocial. Y no es que mi casa se me haya hecho pequeña, o que me sienta atrapada, pero el aislamiento obligatorio es un ejercicio como pocos haremos en la vida. Esta es la tercera semana en casa. Nosotros salimos todos los días (uno por la mañana y otro por la tarde) a pasear a Brownie. Por lo demás he visitado el supermercado una vez, la frutería otra vez y la farmacia una más. Y cada salida deja una desazón mezclada con miedo que la calle nunca tuvo. Alejarse instintivamente de la gente es todo menos instintivo. No sonreírnos, no mirarnos es la norma. Parece que al no salir de casa nos hemos convertido en seres tímidos y miedosos que añoran en silencio ansioso al otro y no saben cómo decirlo. Solo lo decimos desde los balcones. Desde el espacio que creemos seguro expresamos nuestra nostalgia por los demás, nuestro deseo de volver a verlos pasando de cerca en la acera, ocupando todas las mesas de una terraza o en un atiborrado vagón de metro. Porque no solo extrañamos a los nuestros. Eso no es noticia y eso se resuelve con muchas llamadas y zooms, y fotos y Instagram y grupos y quedadas virtuales. No hablo de esa añoranza. Hablo de la añoranza de la presencia del otro ajeno, del desconocido, de los millones de desconocidos que sabemos que nos rodean y que hasta este momento dimos siempre por sentado. 
No me siento extraña en mi casa, no se me hace pequeña, ni me siento solitaria. Pero el aislamiento sí ha convertido la experiencia de salir a la calle en algo solitario. Y no solo por las distancias de seguridad y el no poder reunirse. Estos momentos son solitarios porque nos evitamos, nos evadimos, nos escapamos de los demás huyendo de lo que los hace y nos hace humanos: la cercanía. Este aislamiento no es solo social es emocional, está reescribiendo la manera en que nos entendemos y entendemos nuestros espacios y a los demás. Es a la vez un ejercicio de responsabilidad por el otro y una difuminación de la presencia del otro como parte de nuestro día a día. Somos responsables con el otro, lo queremos, lo añoramos, lo protegemos huyendo de él. Este aislamiento es una gran paradoja. Y no, no tengo nostalgia por salir de casa -salvo la normal por salir a cenar con mi chico o quedar con amigos o ir a un museo-, pero sí por volver a entender al otro ajeno -al pasajero, al difuminado en la rutina diaria- como parte de mi vida, como acompañante, como un co-habitante visible y tangible de mi ciudad, país y planeta. 

miércoles, 4 de marzo de 2020

Fuerteventura

El día que llegamos el paisaje es interminable y polvoriento. El horizonte se pierde bajo un arena amarillenta que filtra la luz del sol y le da a todo un aura encantado, como de otro mundo. Esa sensación -la de haberse transportado a una dimensión ajena a lo conocido- viene de la calima, que en esta ocasión, nos dicen, es la peor que se ha visto en décadas. Este arena del desierto que viaja kilómetros para invadir aires nuevos y reemplazarlos por "el más tóxico del mundo" cubre el cielo y las vistas, pero por alguna razón no parece amenazador. Puede que sea por esa luz dorada que refracta o el hecho de que cubre sin cubrir lo que está más allí... dando un halo de misterio a un paisaje que ya es extraño y que con su presencia solo se hace más interesante.
El mar está allí, atrás. Disimulado por el polvo que respiramos mientras un coche nos lleva a través de una carretera recta y extensa. Pero incluso con la calima, el olor del mar llega a nuestras ventanillas, desde donde miramos pequeñas y sinuosas colinas que de vez en cuando decoran lo que es el paisaje de Fuerteventura: planicies y más planicies. Aridez y más aridez. El verde no existe. No hay árboles o césped. Todo es arena, todo es sequedad, todo es plano. Y de alguna manera eso hace que la calima se sienta adecuada, como una inmigrante que ha llegado verdaderamente a su nueva casa. 
Este es un lugar ajeno a lo que la civilización ha hecho del planeta, o por lo menos parte de él lo es. Sí, hay resorts y turistas y piscinas climatizadas y water taxis, pero lo interesante de este lugar no es lo que comparte con el resto de los demás lugares llenos de resorts y turistas y piscinas climatizadas y water taxis; lo interesante es lo que lo distancia, lo que lo aleja tanto que parece un planeta extraterrestre en el que lo civilizado se negó a llegar a destruir, donde la naturaleza optó por dejar cosas por hacer, donde la roca volcánica negra y retorcida convive con dunas de arena blanca que invaden la carretera. Es un lugar inhabitado lleno de gente dispersa. Un lugar vivo lleno de tierra seca. Un lugar negro y dorado (y azul... y qué azul). Un lugar de viento intenso y mar tranquilo. Un lugar de centros comerciales y de casas de pescadores sin electricidad. Un lugar con carriles bici sin ciclistas. Un lugar en que hasta hace solo unos años nunca hubo parquímetros porque no eran necesarios. Un lugar pequeño en que hay trayectos de más de horas en coche.
Fuerteventura es y no es. Hay tanto espacio sin tocar que la sensación es de haber viajado al pasado, de ser un explorador en tierras por descubrir, es abrumadora.
Fuerteventura es un lugar en que la escultura es de niños -con rostros reales- que miran al cielo, abandonados en el medio de la nada y esperando, quizá, que los busquen sus ancestros extraterrestres. Es un lugar en que la escultura es un grupo de personas adultas que caminan sin moverse bajo metros de agua de mar. Perdidos, solos.
Es un lugar que es casi intangible, incomprensible.
Es un lugar que es como una duna, como una ola, como la lava. Un lugar que es una cosa y que es otra, que es el todo enorme y la suma de sus ínfimas partes, que está y no, que se entiende y se duda, que, como la calima, se percibe más que se ve. 

viernes, 20 de diciembre de 2019

La casa

Es una casa llena de una vida que se acabó. Allí está Bianca corriendo a la puerta a recibirnos, mi papá leyendo el periódico en esos bonitos pero poco cómodos muebles de madera de la sala, mi mamá fumando un cigarrillo y tomando un café, las paredes llenas de cuadros, las mesas llenas de fotos y cajitas (cuántas cajitas), las mañanas de desayunos en la cama, las tardes de estudiar en el comedor, las sillas asignadas tácitamente para la hora de comer, esa humedad tan caliente, el pasillo de suelo de terracota con una pared llena de plantas que lleva al patio, la vez que Bianca tuvo cachorros, los gatos: Alai, Canguro y Ladilla, el sapo, las ranas, los tuqueques, las iguanas siendo perseguidas por mi mamá por comerse sus matas, lo colibríes y hasta las culebras (pequeñas, eso sí). Es una casa en que aún viven nuestras cosas, pero no nosotros. Sí viven, o eso desea uno, nuestros seres pasados, los espectros de los recuerdos de lo que allí pasó.
A esa casa llegué sin muchas ganas. Veníamos de Caracas, de mi ciudad, y sin yo estar muy convencida. Estuve unos meses viviendo con la abuela mientras Chicho terminaba su preaviso en Amnistía Internacional y mi mamá corría desesperada por hacer un hogar de esa casita vacía (lo logró). La casa era acogedora, un espacio repleto de cosas, de libros y cojines y cuadros y adornos. Nuestras casas nunca fueron espacios vacíos. Éramos tres acumuladores de nuestros objetos favoritos, coleccionadores profesionales de cosas sin valor monetario, pero mucho sentimental.
Aunque ninguno iba a la iglesia, un cura jesuita, más amigo de mi papá por orígenes y opiniones políticas que por fe, vino a bendecirla. Una de esas tradiciones tan arcaicas como encantadoras que, a mis 11 años, me pareció a la vez extraña e interesante. Mi cuarto tenía un espacio arriba -no al principio, fue una sorpresa de mis papás a la vuelta de unas vacaciones- donde estaba mi cama. Abajo un espacio mío: con mis colecciones de calcomanías, papelería y la carpeta de recortes sobre Titanic. Con mi releído Los tres mosqueteros y, luego, mi primer artículo en el periódico, enmarcado como regalo por mi abuela.
Los libros ocupaban todo el espacio que no era otra cosa. El pasillo, las paredes, una de las habitaciones -"la biblioteca"-, la sala, mi cuarto, el cuarto de mis papás... el único sitio libre de libros era el baño... y la cocina, donde más de una vez me paralicé ante una rana platanera y donde, tras la muerte de mi papá, mi mamá tuvo durante varias semanas un rabipelado de visita.
Recuerdo poco cuando empaqué para irme a Caracas. Supongo que tenía miedo. Esas despedidas siempre me sacan lágrimas desconsoladas en las películas, pero cuando me despedí la mañana que entré por primera vez a la Universidad no miré atrás ni solté una lágrima. Caminé, con pánico, hacia una nueva vida adulta. Lejos de mis papás, lejos de mi perrita, lejos de mis amigos, lejos de esa casa tan especial, tan viva, tan nuestra.
Y luego me fui del país. Dejé esa casa y el país que era mi casa. Y allí se quedó todo intacto, aunque pasara el tiempo, aunque estuviese lejos. Y luego todo se quedó solo, únicamente habitado por nuestros recuerdos y añoranzas... y por tantas fotos y libros y cuadros y plantas.


viernes, 13 de diciembre de 2019

No digas Caracas

Suele pasar... (o de hecho no, no suele pasarme) que recuerdo con intensidad literal mi vieja ciudad. No se trata de haber olvidado o de negar, se trata de haber hecho una nueva vida, de haber reseteado, de haberme hecho adulta en otra ciudad a la que adoro de otra manera y a la que siempre planeo volver (muy al estilo de Sabina, pues). Se trata de que cuando salí de Caracas salí cansada, iracunda y saturada. Salí no entendiendo su encanto, solo viéndola bañada por la luz destructiva del Chavismo, sólo recordándola en sus últimos tiempos, en sus planes sin futuro, sus montañas de basura, en sus motorizados en la acera, en sus círculos bolivarianos, en sus manifestaciones con tiros, en sus pisos impagables, en sus salidas con miedo, en sus aceras y calles incapaces de obviar la paranoia o en las varias ocasiones en que escapé de una puñalada o más por pura suerte.
Salí de Caracas olvidando lo que la quise. Lo intensa, apoteósica, especial, bonita y caótica que es. Lo que viví en ella, a quiénes conocí y se hicieron familia. Olvidando mis mañanas de domingo en el Parque Los Caobos viendo títeres, mi instalación favorita del Museo Bellas Artes llena de espejos y troncos y ese jardín central con flores de loto, mis visitas a Beco y los juegos en el ajedrez gigante de Chacaíto. Olvidando las madrugadas repletas de vino o ron por la Francisco Fajardo o la posibilidad de ver siempre esa montaña enorme y verde que es El Ávila. Olvidando cuando se enciende la cruz de luz que corona la montaña y que anuncia la Navidad o los batidos de Ara, las milhojas de la Danubio y el pollo de El Coyuco, la obra penetrable de Soto y su bola roja de la autopista... o el mural de Zapata o La Previsora o las torres de Parque Central o el Teresa Carreño y esos artesanos a los que tantos zarcillos les compré en la plaza de los museos. Olvidando las tantas cervezas en el Navegante y las arepas de ensaladilla del Mercado de Chacao. O todos los regalos que compramos en la Feria de Navidad del Ateneo y las caminatas con mi papá hasta la casa desde mi colegio en Altamira. Olvidando las residencias Sans Souci y El Ovni y ese Central Madeirense al que fui en pañales... Olvidando el primer día de colegio y el de universidad y esos preescolares de la Fundación del Niño en los que jugué a saquear. Olvidando los hogares imborrables que fueron el piso 12 del edifico Apamate o el 13 del Puerto Santo. Olvidando los balcones enormes, los salones espaciosos y las comidas de domingo en la cocina de mi tía Carmen y mi tío Ralph. Olvidando las conversas interminables y los cigarros Belmont y el "Nerea haz más café" de casa de Sonia. Y las Barbies que intercambiamos Deborah y yo y esas noches eternas en que nuestras mamás (la mía, la de Deby y la de Jira) soltaban un "nos vamos" seguido por nuestro silencio y su olvido de que habían querido irse. Olvidando a Jim Angel, nuestro indigente amigo, que tanto cuidó los carros de mis amigos que venían a casa los viernes y que me esperaba entre los árboles de la Avenida Vollmer hasta la madrugada para asegurarse de que llegase bien a casa...

Olvidando tanto.

La cuestión es que acabo de ver, por casualidad, una foto de una Caracas llena de fuegos artificiales un 31 de diciembre. Repleta, iluminada, colorida, irresponsable, ruidosa y hermosa. Y no es que pasásemos el fin de año ahí (de hecho solo pasó una vez, la familia siempre se reunía en la casa de la abuela en Acarigua) pero verla así: bonita, ajena a todo el horror, celebrando, viéndola como fue.... me sacó lágrimas. Y exploré Google (esa máquina de nostalgia que está tan a mano) y vi imágenes de la Avenida Bolívar, Bellas Artes, Sabana Grande, la autopista, la Francisco de Miranda, Parque Central, La Previsora, Plaza Venezuela.... y paré. Porque puede que no recuerde con intensidad a Caracas, a mi Caracas, pero no lo hago porque inconscientemente sé que duele demasiado, porque ya no la reconozco, porque en momentos como este me pesa como nunca no haberla pisado en seis años y porque cuando la pisé me pesó no reconocerla y sentirme ajena. Porque en el fondo esa Caracas es solo esa suma de recuerdos, mi Caracas solo existe en lo que queda conmigo (ni nuestros recuerdos físicos los tenemos, están todos en Venezuela). Mi Caracas y todo lo que es solo existe conmigo y por eso, supongo, no me permito añorarla, porque es demasiado triste. 

martes, 19 de noviembre de 2019

Feliz

A veces tras los momentos de crisis llega la calma. Y no es una calma cualquiera, es una desconocida. Una que te dice, sin que sepas bien cómo y por qué, que todo ha de estar estable y, que si no lo está, tampoco es gran cosa. Supongo que cuando llegas a extremos de tener ataques de ansiedad que te paralizan la opción de replantearte cómo manejas las cosas es imperativa. Y no es que la ansiedad haya sido producto de tu incapacidad o de tu sensibilidad, pero lo cierto es que el mundo parece apestar cada día un poco más y dejar que te afecte a niveles extremos no resuelve nada. Vamos, que no se trata de hablar de la ansiedad (esa vieja amiga, como la oscuridad de Simon y Garfunkel, que siempre amenaza con reaparecer) sino del estado de estabilidad del presente. Es extraño para alguien que ha vivido oyendo a su ansiedad hablar de catástrofes posibles e incompetencias que da por seguras, encontrarse en un estado en que está a gusto: a gusto con su vida en su casa y sus rutinas de adulta aburrida y feliz (esto sorprende menos, lleva siendo así varios años), a gusto con el trabajo, a gusto en general con pensar que su vida podría seguir exactamente como ahora y sería feliz.
Lo del trabajo es especialmente sorprendente, no solo por el mencionado ataque de ansiedad, sino por la tendencia de este ser ansioso que soy a encontrarse insatisfecho y buscando otras cosas con el paso de un cierto tiempo (trabajos, casas, cortes de pelo). Nunca he estado demasiados años en un trabajo (en este tampoco los llevo) pero por primera vez puedo ver esta rutina como algo que no me asfixia sino que genera tranquilidad. ¿Es eso haber crecido? ¿Dejar de plantearse la búsqueda de unas respuestas en el trabajo que nunca van a llegar? ¿Optar por la seguridad y la tranquilidad y dejarse de buscar sin saber qué es lo que se quiere? Nunca había sentido tal tranquilidad, tal capacidad de pensar en un futuro sin sobresaltos (obviamente no contando imprevistos) y verlo como algo agradable. Siempre me preocupó, en la adolescencia, crecer para ser conformista. Nunca lo quise. Y ahora pienso que se puede estar descontento y pelear sin estar descontento y molesto con todo. Se puede estar feliz con la vida que se tiene y discutir el mundo que te rodea, se puede ser feliz y dudar de la bondad y la coherencia del mundo, se puede ser feliz haciendo un trabajo todos los días, sin sobresaltos mayores o locuras; se puede ser feliz en la cama siendo abrazada antes de dormir, se puede ser feliz hablando hasta las 4 am con la persona con la que quieres hablar siempre y de todo, se puede ser feliz al sentir una nariz fría que se te acuesta en la pierna, se puede ser feliz mirando desde la cocina a tus dos chicos jugando en el sofá.

Se puede ser feliz.  

miércoles, 8 de mayo de 2019

Suficiente

Cuando llegas a este estado en el que estoy, uno en el que lloras en el escritorio de manera malamente disimulada, uno en que no duermes bien y tienes pesadillas, uno en que tu tiempo libre se dedica a evadir como sea (vino, sueño, series), uno en que quieres hibernar y no salir nunca, uno en que llegaste a un hartazgo general que ocupa tanto que, como si tuvieses una bola de cristal, sabes que no vas a salir de él... sabes que es tiempo de un cambio. No es la primera vez que un trabajo me sume en este estado de desesperación que termina por afectar hasta mis relaciones (la gente quiere entender, pero no es fácil tener que lidiar con un fantasma de quien conocen). De hecho, esta vez ha sido más rápido. Supongo que la razón es que la suma de las partes es mayor que el producto; que haber aguantado que jefes, de hoy y ayer, jueguen al azar con tu horario y tu carga de trabajo se va sumando en la psique hasta que se llega a un llegadero. Porque lo mío es eso, un llegadero. De hecho, no solo aparece en mi cabeza la posibilidad de un cambio (eso se da por sentado, no hay que aguantar malas situaciones si se puede), sino que directamente viene la posibilidad de dejar todos mis años de experiencia atrás. ¿Para qué comencé a trabajar con 18 años? ¿Para qué perdí todas mis vacaciones universitarias y me metí de lleno en mis prácticas? ¿De qué sirvió comenzar en prácticas en un sitio que, desde mi inicio en el mundo laboral, se aprovechó de mí y mis ganas de aprender y trabajar? ¿De qué sirven años de trabajo, de logros, de pruebas de profesionalidad? De nada o de poco. En cada trabajo en el que me encuentro la conclusión, tarde o temprano, es que eres un ser a explotar: de nada vale un contrato (si lo tienes, que... aleluya) porque tu tiempo, tu carga de trabajo y lo que dice ese papel no vale. ¿Cuándo se hizo normal y aceptable que se salten las horas de una jornada con regularidad y sin consecuencias? ¿Cuándo se hizo normal y aceptable que la distribución de trabajo se haga sin sentido y cargando a algunos de cantidades de trabajo absurdas y a otros de nada? ¿Cuándo se hizo normal y aceptable que quejarse de esto resulte una malcriadez y no un derecho? ¿Cuándo se hizo normal y aceptable que, producto de todo esto, se nos rebajen los sueldos de facto sin ninguna consecuencia?
Vete. Esa es la palabra que suena. Pero ¿a dónde? Porque esto lo he vivido en todos los trabajos que he tenido en 35 años. Y el problema no soy yo, aunque muchos puedan insistir (y conste que no soy perfecta ni mucho menos, pero soy bastante buena empleada: tengo muchos deseos de complacer a figuras con autoridad... una de mis taras emocionales). Es que esto se haya normalizado tanto que el problema lo parezca yo. Y que por "ser el problema" y por no tener opciones que no sean exactamente lo mismo tenga que llegar a este estado. Este en el que lloro, evado y no duermo.
¿Cuándo se hizo normal y aceptable que en las oficinas, en los trabajos, la gente camine con cara de funeral y se beba cuatro copas de vino en la comida todos los días? ¿Cuándo se hizo normal y aceptable llegar a casa tan tarde que solo cenas y caes dormido? ¿Cuándo se hizo normal y aceptable que regresar de vacaciones sea un infierno porque lo que te espera es acumulación de lo que no se hizo porque no estabas? Nos pasa a todos, es una epidemia. Y nos tiene enfermos, adictos y tristes. Y no debería ser así. ¿Es la solución irse de la ciudades? ¿Salir del sistema? ¿Trabajar en una panadería o una tienda y olvidar esos años de universidad, de máster y de experiencia? ¿Es la opción optar por vivir de otra manera que no nos exprima?
Yo, a los 35 años creo que sí, ahora solo tengo que descifrar cómo hacerlo. 

jueves, 3 de enero de 2019

Se van sin ti

Y pasa. En la distancia pasa. Y no importa cuánto no lo quieras, cuánto lo evadas... en la distancia vas a perder gente, gente que quieres mucho, gente que quiere mucho gente a la que quieres mucho, gente que te quiso mucho... y no estarás ahí. Hiciste tu hogar fuera del sitio que era tuyo y allá dejaste a los tuyos, a muchos de los tuyos. Y con el tiempo esos tuyos se irán yendo y no estarás ahí para dar un abrazo y decir adiós, ni a ellos ni a los suyos que son también los tuyos.
A mis 34 años (aún faltan unos días para los 35) me he despedido por teléfono de dos personas tan importantes en mi vida que cuesta pensar que realmente no estuve ahí para decirlo en persona (también perdí a mi abuelo, pero con él ambos vivimos y supimos que era la despedida aunque sucediese unos meses antes de su muerte). Fueron conversaciones sostenidas entre te quieros y mocos ahogados (de mi lado), entre llantos contenidos y adioses disfrazados de chao. Dije adiós a mi papá y quien era amiga incondicional y a veces, muchas veces, más familia que gente de mi propia familia.
En la distancia la muerte viene con tono de ocupado, con mensajes de whatsapp y emoticonos que lloran y a los que se les rompe el corazón. En la distancia perder a gente que se ama de manera inexpresable se convierte en un día de dolor de estómago y vino y de dar golpes desquiciados a un saco de boxeo, y en muchos más meses de inestabilidad que navega entre estar bien y no estarlo; se convierte en bailar y llorar, en cenizas abandonadas en una casa en que ya no vives y que no has podido esparcir (y no sabes si podrás nunca), en recuerdos que se convierten en mausoleos a vidas pasadas, la tuya y la de esos amados tuyos, en un duelo que no se acaba porque tampoco comienza del todo, en culpa y añoranza de todas las conversaciones que no se tuvieron.
En la distancia despedirse nunca es verdad, el adiós no se pisa, es ligero y engañoso... permite dejar puertas abiertas y soñar con que en alguna parte esa persona está, no se fue.
En la distancia los funerales son sin ti y los abrazos se dicen y no se dan.
En la distancia no estás. En la distancia estás lejos, tan lejos que no hay kilómetros que lo midan.
En la distancia dejaste a los tuyos.
Y en la distancia ellos se van sin ti. 

lunes, 8 de octubre de 2018

Anticlimactic

Hay decisiones en la vida que son definitivamente "anticlimáticas". No, no se trata de que estén en contra del clima -uf, cuántos parecen estarlo ahora... o por lo menos negados a verlo- sino de esa gran palabra en inglés: anticlimactic. La triste traducción al español es decepcionante, pero es que no es realmente eso. Anticlimactic habla de un sentido de anti clímax, de lo contrario a una buena historia, de la vida y su seguir continuo que es eso: anti clímax. En fin, que hablaba de decisiones. A veces concluyes algo que puede cambiar tu vida, modificarla, y piensas que el cambio será obvio y radical, que te sentirás otra... ay cuántas mudanzas, renuncias o rupturas van cargadas de eso. Pero la verdad es que decidir algo es tan personal y tan propio que no se traduce en pancartas o números musicales, solo significa una modificación y el continuar de la vida.
A uno a veces le gustaría que las decisiones fuesen apoteósicas, intensas, radicales. Que las acompañara una banda sonora triunfal. Que al tomarlas estuviese así esa sensación de avance, de conclusión. Que fuesen como el momento de clímax en que el protagonista suelta ese discurso con el que recupera a su amor o en que tras una pelea a muerte se coge al asesino. Pero las decisiones no son más que eventos cotidianos, cosas que pasan mientras pasa el tiempo y poco más. Y aunque sean decisiones importantes nunca son ese discurso o esa pelea a muerte, no llevan a un punto álgido seguido de un final feliz... llevan a los siguientes días que, tal vez o no, van a ser vividos de otra manera.
Supongo -no, tengo claro- que este anhelo de clímax proviene de ver y leer historias, de pensarse como un personaje protagónico en un relato con un final feliz, con altibajos que son los actos de la narrativa y que siempre significan algo. Es como esa fantasía de autorrealización narrativa que es How I Met Your Mother, por ejemplo. Obviando todo lo que no funciona, el envejecido Ted contando su juventud tres décadas después sin que el Ted que se ve en pantalla conozca el camino al que va cumple con este anhelo. Saber, por lo menos luego, que todo lo que pasa, todos los caminos, todas las decisiones, son una suma que lleva a una conclusión y no algo aleatorio que no hace más que avanzar una historia que no tiene estructura clara.
Este anhelo, supongo también, es además una huida de la muerte. Pensar en estructura y clímax y caminos con conclusiones, pensar en historias, da cierto sentido de orden a algo que claramente no lo tiene. Da calma, da agencia al personaje que eres sobre lo que le pasa.
Pero al final, y no se trata de una conclusión triste pero sí realista, nada de esto es cierto. Las decisiones, los caminos, se toman siempre, pensando o no, con buenas consecuencias o no... son eventos aburridamente cotidianos. Las decisiones son anticlimactic porque no somos Ted mirando atrás con 30 años más y no sabemos sus ramificaciones futuras inciertas. Incluso una decisión importante, una que tomas tras pensar mucho y decirte por fin verdades que no querías tal vez oír, sabe a poco cuando el tiempo sigue y a ella misma le sigue otra anticlimactic nueva decisión.

Pero la tomaste, y eso al final, anticlimactic o no, es lo verdaderamente climactic...

martes, 18 de septiembre de 2018

No vale un corte de pelo

Hay días, hay semanas, que parecen ser como una espera, el preludio de algo que cambiará... y claro que no lo son. No lo son porque el cambio no está en el horizonte y es solo tu cabeza deseando una modificación para no sucumbir a esa sensación de hundimiento que da el saber que una situación que cada vez te afecta más no va a cambiar y que, probablemente, va a empeorar. Y sí, es dramatismo, pero más que eso es una crisis mayor... no hay un verdadero drama, pero es esa falta de drama, ese de repente entender que esto es y ya, lo que resulta el verdadero problema. Porque tu cabeza no procesa algo que para los que te rodean es normal (y hasta les pareces una mimada por pedir algo más), porque es posible que estés pasando por una crisis de edad (no es casual que en unos meses cumplas 35), porque tras morir tu papá te ha quedado muy claro lo que importa y lo que no y sientes que la vida te está obligando a darle predilección a lo menos importante y tener casi ningún tiempo con quienes sí importan.
Hace unos años, cuando estaba en un trabajo del que al final fui despedida (fue más una conversación que terminó en ello que algo sorpresivo), tuve una etapa en que me cortaba el pelo cada mes o dos meses. No entendía la necesidad intensa que sentía de modificar mi pelo o el aburrimiento enorme que me llevaba a hartarme tan rápido. Y luego entendí: cortarme el pelo era lo único en mi control. No controlaba lo que pasaba en la oficina o el horror de Venezuela o lo poco que veo a quienes quiero, solo controlaba cortarme el pelo. Era mi forma de sentir que mi vida era mía, de tener cierta certidumbre.
Ahora cortarme el pelo no es una opción (estoy en proceso de dejarlo crecer y ya me lo teñí por lo que eso tampoco es ya una posibilidad) pero me encuentro de nuevo sintiendo una intensa necesidad de modificarlo, de tratar de obtener algún control sobre mi presente. Lo que pasa esta vez es que sé que mi pelo no cambia nada, no realmente. Sé también que no sé si esta sensación se me pase o empeore, que sentir a la vez todo intensamente (como cuando tienes sobredosis de hormonas, pero no la tienes) y tener una inmensa indiferencia puede que sea un estado general por un tiempo, que saltar en ira o hundirme tras un error puede ser mi estar por un rato.
Y sí, se trata de ir a terapia, de procesar por qué estoy como estoy... y eso está en los planes inmediatos. Pero, ¿qué pasa con lo que son hechos ineludibles, con la certeza de que la vida adulta es una cosa y de eso no hay escapatoria? ¿Que sobre ese hecho no hay ningún control? Porque esa realidad no se va a ir por conversar con un terapeuta de la muerte de mi papá mientras estuve lejos, o de ser de ninguna parte gracias a un gobierno terrible y asesino, o de mis inseguridades y enorme ansiedad o del hecho de que el mundo parece haberse decretado en huelga de coherencia... no, porque eso no es algo que se procese, es algo que se asume, un hecho que no tiene escapatoria se hable mucho o no. Es sencillamente ser adulto en esta sociedad y en este tiempo, adaptarse a que las cosas sean mediocres y que los sueños sean pequeños o se ahoguen bajo la presión de las responsabilidades, es matar las ganas de otra cosa para no vivir en este estado... pero ¿no es justamente ceder a ese estado, rendirse?
Ser adulto apesta a veces y esta vez cortarme el pelo no va a ser suficiente. 

jueves, 16 de agosto de 2018

Los veranos perdidos

Gente bajo el sol, aguas cristalinas, cuerpos morenos. Una leve revisión de Instagram en verano muestra estas imágenes una y otra vez. Gente que conoces disfrutando del tiempo libre, del ocio, del mar. Llevo años sin disfrutar realmente un verano. Como mucho me he ido cinco días a la playa y eso ha resultado casi un milagro. Y cada año el verano llega y siempre me pasa lo mismo: primero lo disfruto, por su sol, el terraceo, las cervezas frías y los vestidos hippies, y luego lo detesto, por el calor, por estar atrapada en una oficina o en casa trabajando mientras todos los demás se van, por sentir que pasan los años y los veranos y nunca, nunca, veo realmente el mar, por Madrid y su inexistencia de agua...
Normalmente no se habla de una melancolía de verano, pero yo la sufro. Siento nostalgia de todos los momentos perdidos tirada al sol en la arena, de esos instantes leyendo un libro y soltándolo para refrescarme en el agua. Porque la realidad es que el tiempo pasa, los veranos transcurren y el calor da paso al frío y a otro año.
Cuando vivía en Venezuela -ese territorio aún real pero que ya solo existe en la memoria- no sabía lo que tenía. Ir a la playa cualquier fin de semana del año era algo tan normal, tan cotidiano, tan posible que lo hacíamos poco. Fuera por trabajo (casi siempre) o por otras razones, la playa era algo que visitábamos menos de lo que habríamos querido. Pero mi nostalgia no solo se trata de mis necesidades como caribeña o de esos tiempos perdidos, se trata de algo más. Va de ver la vida pasar y sentir que no se aprovecha, va de ver claramente que es un espejismo pensar que en el futuro se hará esto o lo otro y que solo pasa para callar los gritos que piden vivir ya, aprovechar el presente. Se trata de perder posibilidades de experiencias, de sentir que la vida transcurre solo concentrada en rutinas y trabajos, marcada por las limitaciones, por enormes noes.
Ya estamos a mediados de agosto y mi nostalgia está en pleno apogeo. ¿Será esto la vida para siempre? ¿Sentir añoranza por cosas que no vamos a vivir mientras vivimos haciendo cosas que nos son indiferentes? ¿Es ser adulto estar insatisfecho con todo lo que no se puede hacer por las limitaciones de serlo?
Supongo que en cuanto llegue el frío y la lluvia mi nostalgia dará paso al disfrute de los cambios de estación, a la llegada de los días frescos y la ropa de invierno, pero eso no eliminará la melancolía más profunda... otro año pasa, otro en que se van posibilidades que no volverán, otro en que la juventud se escapa sin retorno (aunque intentemos pensar que no estamos envejeciendo), otro en que la exigencias de ser adulto pesan más que lo que se quiere o el llamado a vivir la vida, otro en que, de nuevo, no disfrutaré del mar...

miércoles, 8 de agosto de 2018

Escribir

Hace mucho tiempo que no escribo, no realmente. Mi escritura se ha convertido en algo esporádico, sin combustible. Son cosas que pasan y no sabes muy bien cómo. De repente algo que era importante, algo que ocupaba un espacio privilegiado en tus pensamientos y en tu tiempo comienza a desvanecerse lentamente... y la libreta en el bolso desaparece, y los documentos en el ordenador son cada vez menos y al final tus palabras se quedan ahí, sin salir, en su lugar de origen, olvidadas gracias a la rutina y los trabajos y la vida en general. Escribir solía ser una forma de liberación, un ejercicio de autoconocimiento y era, también, mi trabajo. Ahora no es ninguna de esas cosas, no realmente. Ya no me descubro soltando palabras en un Word y ya no escribo para medios (hay dos excepciones que confirman la regla, pero de hecho ya no me puedo llamar periodista). De repente escribir se ha hecho funcional, algo que se reduce a pequeños textos y mensajes de Whatsapp, algo que ha perdido su magia.
Pero ha pasado algo. Mi ser escribiente se ha declarado en desobediencia. A pesar de haber estado enterrado entre edición de textos, traducciones, artículos para Internet y copys y haberlo soportado estoicamente, ha llegado el momento en que ha reaccionado, tratando de evitar su inminente -de seguir por este camino- muerte y olvido y la desaparición de una parte importante de quién soy y lo que me gusta.
Escribo desde niña. Con cuatro años dibujé y redacté un cuento sobre una hormiguita. Más tarde pasaba las vacaciones entreteniendo a mis primas con la tarea de escribir historias, en mi caso de detectives. Cuando me planteé ser periodista no se trataba de un afán de descubrir "la verdad", se trataba de escribir (e inconscientemente de resolver mi paralizante timidez). Siempre se ha tratado de escribir. Mi primer trabajo real, en el lugar en que conocí a muchos de los que hoy son ahora esos amigos del alma y que son familia, fue escribiendo. Mi identidad, mi crecimiento se notó en eso, en mis textos. Nos leíamos, leíamos, escribíamos. Teníamos ideas, propuestas, personajes que queríamos entrevistar. Nos perseguía la obsesión de dar con un buen lead.
Y luego por el camino, con la llegada de la adultez, y su asesinato de cierto nivel de entusiasmo infantil, y con la inmigración y sus obligatorias adaptaciones, ese ser escribiente que marcaba mi ritmo, que me hacía escribir hasta los mensajes de Gtalk con gracia y cuidado, comenzó a perder aire y desvanecerse.
Pero hoy ha vuelto a hablar. Ha dicho alto y claro que aún no está listo para despedirse. Que no es mi Bing Bong, que no va esfumarse en una pila de recuerdos olvidados.
Así que aquí estoy, de vuelta, acompañada por mi ser escribiente y frente a la pantalla... escribiendo.
Y la sensación es grata, familiar y cálida. Es volver a un lugar conocido, a ese sitio que pensabas perdido. Es volver a mi casa de la niñez -en ese país que ya no existe- y escribir de nuevo sobre una hormiguita. Es estar en casa de mi abuela, sentada en el patio, pensando las mecánicas de la trama de mi misterio de detectives. Es estar en la redacción de El Nacional dedicando horas a un cabecero (y luego recibir la felicitación del editor por un trabajo bien hecho). Es estar en el ordenador escribiendo con velocidad peligrosa mirando el reloj. Es volver a ese momento reluciente en que un entrevistado dice la frase que sabes que construirá todo lo que quieres contar. Es volver a cada uno de los textos que aún recuerdo con cariño y los que se me hicieron un infierno. 
Es volver.

martes, 25 de octubre de 2011

Iris

Cuando se vive en una ciudad por algún tiempo se siente que se la conoce, más incluso cuando se la camina sin rumbo y sin medir el tiempo. Se asume que se la conoce tanto que se deja de mirar, se da por sentado y se convierte en contexto borroso del paso de nuestros días, como en las imágenes que simulan recuerdos en una telenovela.

Pero resulta no ser tan cierto mientras la recorro por primera vez en bicicleta, en Iris, así se llama. Descubro bajadas, subidas, escalones, ranuras, aceras y coches que antes no estaban en el otro radar, en el de transeúnte. Ahora estoy en medio, ahora la ciudad toma una consistencia física bajo las ruedas y sus contornos borrosos se hacen nítidos y está ahí de nuevo.

Pienso (mientras intento no pensar tanto porque cualquier desnivel puede terminar en consecuencias sangrientas que no quiero), pienso, digo, que descubrir esta nueva faceta de la ciudad, que siempre estuvo allí, que nunca se me escondió y que estaba al alcance de mis sentidos si hubiese querido verla, solo significa que incluso lo que asumimos que conocemos: el camino que recorres todos los días, tu casa, tus manos, tus amigos… lo que damos por sentado nunca es uni, ni bi, ni tri-dimensional; es mucho más que eso.

Y se me ocurre que es un pensamiento esperanzador y hermoso que todo lo que damos por hecho nunca está realmente hecho, que siempre hay posibilidad de que lo rutinario se haga novedoso, que siempre hay posibilidad de ver con nuevos ojos lo que ya hemos visto.

martes, 22 de marzo de 2011

Patria invisible

Irse nunca es irse. Nunca te vas del todo. Algo de ti se desprende y se aferra a la máquina del aeropuerto que lee el código de barras de tu tarjeta de embarque. Y mientras caminas hacia adentro, hacia ese avión con rumbo conocido (pero desconocido), llena de miedo y expectativa de una vida nueva, esa parte de ti se queda.

Irse es un vivir entre dos mundos en presente. Con una nostalgia que se siente cerca y lejos al mismo tiempo. En el aquí y el ahora de dos sitios, en el que se está y en el que se estuvo.

Y cuando eso pasa algo se transforma, y uno es capaz de ver el mundo de otra forma, más amplio, más grande, más tuyo. Porque al final siempre hay pedazos de ti que se quedan donde estás y estuviste y que continúan transmitiendo para siempre. Muchas versiones de quien eres o fuiste habitando un mundo que no se siente ya tan ajeno.

Y al final lo que se tiene es un territorio propio, un espacio particular. Se es de dos sitios y de ninguno. Se es de ese lugar entre los dos que sólo conoce quien lo habita. No hay pasaportes o aeropuertos autóctonos, pero se necesitan para llegar allí. No se viaja hasta allí, pero se llega por haberlo hecho hacia otra parte. No se tiene dirección ni código postal, pero allí se vive. Siempre viendo a quien está lejos en lo que está cerca, siempre tocando en lo palpable lo impalpable de los recuerdos. Siempre, caminando por calles que son muchas, que son una y otras al mismo tiempo, pero que siempre son las calles inexistentes de ese lugar inexistente del que nunca se sale cuando se llega.

Ese lugar invisible al que una vez que se llega se pertenece para siempre.

domingo, 13 de marzo de 2011

Sentido

Suenan las campanas de una iglesia que no veo y una luz naranja ilumina la página de mi libro mientras despido una tarde hermosa en una terraza. El frío comienza a aumentar, pero aun permanecen los remanentes del sol que iluminó este día de finales de invierno. Y la gente pasa a mi lado hablando en otras lenguas o con otros acentos. Y la cerveza esta fría y el cigarrillo dibuja figuras con el humo. Y de repente todo parece tener sentido. Parece adquirir forma, descifrarse delante de mi sin que logre entender el código, pero consciente de que todo, cada persona, cada campanada, cada sonido de la página al pasar, debe estar ahí por una razón. Y no me importa saber cuál es. Eso resulta lo de menos.

Y me doy cuenta, sin pensarlo mucho, que siento una completa e inconmensurable plenitud.

Y siento como si pudiera nombrar y expresar todo. Pero como si al mismo tiempo no hiciese falta. Y siento que todos los que me rodean tienen algo de mí, son algo mío, una extensión, parte del todo de mi existencia y de ese segundo de mi presente. Que podría recordarlos a todos para siempre y que podría abrazarlos a todos con cariño sincero y sentarme en sus mesas y formar de inmediato parte de sus familias.

Y siento que todos los sonidos componen una sinfonía que por alguna razón nunca somos capaces de oír, pero en la que cada uno de ellos tiene un propósito. Y siento con todos los sentidos conscientemente. Y la mesa es una mesa bajo mi mano y el vaso está húmedo y la cerveza fría en mi garganta y la conversación en italiano de los de al lado se mezcla con la de los chilenos de la mesa de mas allá y con la de los peruanos que pasan en bicicleta y con el sonido de las uñas de un perro sobre la acera. Y los bordes y los detalles y la luz parecen más claros, en alta definición.

Y es como si de repente la conciencia de todo lo horrible conviviera en paz con la conciencia de todo lo hermoso y tuviese una explicación clara e incuestionable de que el hombre sea como es.

Y es como si de repente mi cuerpo se sintiera fundirse con el aire, con el roce. Como si mi piel pudiese hablar con respingos silenciosos. Y como si mis ojos no estuviesen ansiosos por mirar sino que miraran con calma, con la certeza de que no se perderán nada porque todo, todo está ahí, resumido y sumado en este momento.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Marrakech

Mucho. En Marrakech todo existe precedido por el adjetivo mucho. Infinitas cantidades de gente, motos, bicicletas, especias, mercados, luz, gatos. Todo coexistiendo en callejuelas estrechas de puertas hermosas que a primera vista parecen incapaces de contener tanto, pero que, como por arte de magia, parecen expandirse sin que ningún ojo sea capaz de entender el efecto, solo para abarcarlo todo.

En Marrakech todo está vivo, todo se mueve, todo se oye. La vida está afuera, la vida se comparte y, al mismo tiempo, la vida está rodeada de altavoces que recuerdan la hora del rezo y de velos y túnicas y normas. La libertad y la represión conviven, una ruidosa y apabullante, la otra estrecha y contenida, en un lugar que da la sensación de no inmutarse de la contradicción que lo rodea.

Y es esa capacidad de convivir, incluso de disfrutar, la contradicción lo que desde el momento en que se pisa la Medina se apodera de cualquier recién llegado. Porque todo esto, el movimiento, las calles estrechas y los espacios repletos, nunca agobia. Y mientras esquiva motos, ciclistas, carretas tiradas por burros y una muchedumbre en una calle que tiene no más de tres metros de ancho, el visitante se siente extrañamente diferente y en casa, ansioso de absorber con cada célula de su cuerpo el palpitar casi palpable de la ciudad.

No se puede pensar demasiado en el destino cuando se camina por estas calles. Se piensa en el ahora. Se vive en el presente. Y es por eso que al salir, repentinamente, a la plaza de Djema El-Fna la adrenalina hace una pausa de segundos. Allí, en medio de todo, está un espacio amplio, enorme, que parece interminable. Un espacio en que no hay estructuras construidas, un rectángulo en que solo se permiten elementos pasajeros: gente, motos, bicicletas, coches, carros de comida, de venta de jugo de naranja, de especias, artistas callejeros o encantadores de serpientes. Toda la esencia vital de Marrakech parece condensarse ahí, en esos muchos metros de amplitud en medio de la ciudad. Pero hay algo más. Al principio no se sabe explicar muy bien la sensación. Y luego se descubre, y cuando se descubre es ineludible: es el cielo. Porque desde allí y a donde se mire se divisa, siempre, el horizonte. Y el visitante, amaestrado animal urbano, recuerda, como despertando, que esa línea en que la tierra y el sol se unen siempre está ahí, aunque la tapen los edificios. Y, por un momento, tiene la certeza de que las opresiones de la rutina, las crisis de la vida diaria, no importan.

Marrakech parece una formación geológica. Su caótica distribución parece reproducir siluetas naturales, cuevas y pasadizos. Sus edificios reniegan del gris del concreto. Remedan el color del atardecer y del desierto, de la tierra. Marrakech es del color de cuando se cierran los ojos y se pone la cara al sol.

Ningún mapa podría reproducir fielmente los vericuetos de las calles del mercado de Marrakech. Nunca se sabe donde empieza y dónde termina. Parece estar en todas partes, parece funcionar dentro de un laberinto eterno de paredes repletas de objetos brillantes y coloridos. Y eso no importa. Perderse en las calles de Marrakech es encontrase. Caminar sin rumbo es entender que allí el rumbo no existe, que las estructuras y los planes son innecesarios, que solo hay que dejarse llevar. Y de repente, como sucede casi todo en esa ciudad cuando se caminan sus callejuelas, se está solo. Y todo, la muchedumbre y las motos y los burros y los ciclistas y los objetos brillantes y coloridos, se esfuma. Y en ese momento ya no hay adrenalina. Hay paz. Y esa misma necesidad de absorber el palpitar acelerado de las calles repletas, se convierte en la necesidad de absorber el silencio melancólico de las callejuelas, cargado de tranquilidad. Y así se tiene tiempo de admirar el detalle amoroso de los labrados de las puertas o la hermosura triste de la pintura deteriorada de las paredes de las casas o un inesperado jardín de verde intenso que ve pasar a sigilosas mujeres con velo.

No hay forma de definir a Marrakech en una palabra o en una fotografía. Nada que no sea experimentarla –sus calles repletas y sus calles vacías, sus mezquitas y sus turistas, sus tagines y sus pizzerías, sus cafés siempre mirando a la plaza, su canto del rezo lanzado al aire en un idioma incomprensible y hermoso – puede si quiera intentar plasmar la esencia compleja que la compone. Marrakech, para quien la visita, es más una sensación que un lugar.

jueves, 7 de octubre de 2010

Tenemos...

“Tenemos memoria, tenemos amigos / tenemos los trenes, la risa, los bares / tenemos la duda y la fe, sumo y sigo”… En honor a Sabina y sus listas de particularidades universales: tenemos los días de lluvia cuando hay buen ánimo, tenemos Cibeles iluminada, tenemos las noches que no se terminan, tenemos las caminatas en la nieve de un bar a otro, tenemos la entrada gratuita a los museos después de las 19:00, tenemos las aceras para transeúntes, tenemos los edificios de la Gran Vía, tenemos la Plaza Mayor, tenemos la diversidad de Lavapiés, la modernidad de Malasaña, las tiendas especializadas, los chinos, tenemos las viejitas conversadoras, tenemos las terrazas de El Retiro, tenemos Tabacalera y Matadero, tenemos la Carlos III, tenemos los búhos, tenemos el metro de madrugada, tenemos las castañas en invierno, tenemos la ropa de verano, tenemos gangas a un euro en El Rastro y las tostas en la plaza los domingos, tenemos las noches insomnes hablando con los amigos que están lejos, tenemos Neptuno cuando gana el Atleti y toda Madrid cuando gana España, tenemos bibliotecas gratuitas, supermercados repletos y bancos vacíos, tenemos las ganas de caminar sin oír el ipod, tenemos strip poker, tenemos noches viendo pelis en Annie, los partidos del mundial con los amigos, tenemos las caminatas nocturnas sin mirar atrás, tenemos las piscinas en verano, la nieve en el cumpleaños, la calle La Salud, el auditorio Gabriela Mistral, el Reina Sofía, el bar de los venezolanos en la calle Esperanza, el Quevedo y Wurlitzer, tenemos las tapas con las cañas, tenemos la hermandad silenciosa y tacita al oír un acento familiar en otra boca, tenemos el respiro agradecido a la curiosidad sana de los que son de aquí, tenemos el agradecimiento indecible a la preocupación que tienen tus nuevos amigos por ti, tenemos los pisos de La Latina y Tribunal donde se quedaron los papas, tenemos El Paseo de la Dirección y la calle Mira el Sol, tenemos la llegada de la primavera, tenemos el pollo asado en San Antonio de La Florida, y el ínfimo Manzanares, la brisa de playa tan lejos del mar, el cine al aire libre, las litronas, tenemos el Cercanías, la línea 6 y la 9 del metro, tenemos Olavide y El Costello, Fnac y la Cuesta de Moyano, tenemos móvil en vez de celular, piso en vez de apartamento, ordenador en vez de computadora, colega en vez de pana, tenemos la nostalgia sabrosa de descubrir lo se quiere del lugar del que se partió, tenemos la indignación intacta por lo que pasa en donde ya no se está y la indignación nueva por lo que pasa en donde se está ahora, tenemos un frente abierto, tenemos el miedo a lo desconocido, el regusto de lo desconocido. Tenemos un año en Madrid.

martes, 5 de octubre de 2010

Esperando en la cola del cine

Hay momentos en que verdades que ya conoces, pero convenientemente ignoras, se dibujan frente a ti nítidamente. Son momentos te sorprenden, que te agarran desprevenida y se aprovechan de que no sabes que hacer para demorarse en todo lo que habías tratado de no mirar. El otro día bajaba caminando por Alcalá hacia Cibeles y, claro, hacia KFC, cuando algo me hizo detenerme en seco. En el Paseo Recoletos estaba la Feria del Libro Viejo. Sin moverme y un poco aturdida miré alrededor y en la Casa América una pancarta antes desapercibida resaltó: Festival Viva América. Rebusqué en mi cabeza. Era primero de octubre. Un año en Madrid. Y en esos segundos en que no pude moverme, parada frente a los recuerdos de mi primera semana en esta ciudad, repasé el año y, en especial, los últimos meses.

Mal octubre para cumplir un año. Mal octubre para un aniversario. Una suma de balances poco positivos hacen peso frente al “no quiero regresar a Caracas” que se yergue como una de las únicas razones para persistir. Y claro que no es la única. Tengo amigos, amo esta ciudad. Pero ¿debo quedarme aquí? Caracas no es una opción, pero, tras un año, Madrid es una opción cada vez más oscura. Y seamos honestos, no creo que otra ciudad lo sea menos. Y no es solo lo laboral (aunque es la mayoría del todo), es todo. Tras un año, parada en medio de la calle, me di cuenta que nada me ata a esta ciudad. Que mis únicos vínculos son los amigos del master, nada más. Ni mi piso, ni mi calle, ni lo que escribo. Nada. Aun me siento turista, aun me siento ajena, aun me siento recién llegada, pero al mismo tiempo cargo con el cansancio de haber llegado hace un año y no haber logrado nada.

Es como estar esperando en línea a que tu vida comience. Tienes la entrada, pero por razones que nadie te explica, no te dejan entrar a la sala y retrasan la hora. Pero tú quieres ver la película. Así que te quedas, esperas en línea. Y tu humor fluctúa entre esperanzado y frustrado. Pero sigues sin entrar. Y la gente en la línea te dice que tengas paciencia, que vas a entrar, pero cada vez les crees menos. Y es cierto, no estás sola en esa fila. Hay más gente contigo que tampoco puede entrar. Pero eso no alivia la espera, solo la hace más angustiosa. Porque si ignoran a tantos espectadores ¿quién dice que habrá función? Tal vez la cancelaron y nunca veas la película.

Y te da miedo que tal vez, un día, tras esperar sin respuesta, te resignes y guardes la entrada en la cartera y en el futuro la mires con nostalgia, recordando la que eras en esos días de la fila, y la guardes rápidamente para no mirar tan de cerca lo lejos que estás de esa espectadora que esperaba para ver esa película que al final nunca se proyectó.

Mi ánimo no es el más alegre este octubre. Mucho tiene que ver el clima y la gripe típica producto de los desbarajustes de temperatura. Pero la responsabilidad real es de mi aniversario. Ese que me cayó en seco, cual yunque de comiquita, y que desde entonces me dejó un chichón de dudas que aun no se deshincha.